Mirada Atemporal

El viaje de mis pensamientos

Recuerdo la primera sensación que tuve acerca de esta prometedora andanza; en mi mente sólo estaba la idea de una Blancanieves inocente y discreta, sencilla y tímida, blanca. Sin embargo mi fondo de armario no me permitía vestir de este color, así que opté por uno más casual a la vez que potente, el azul… la tonalidad del inmenso mar, del brillante cielo, de mi príncipe azul.

Cuando llegamos, recordé la sensación que recorrió mi estómago, una mezcla de espíritu aventurero y miedo a lo desconocido. Al partir, me aferré a un grupo de Blancanieves porque no podía imaginarme envuelta en soledad apartada de las caras conocidas, pero poco a poco, esa mentalidad se desvanecería a medida que nos alejábamos de nuestro punto de encuentro.

Pasado un tiempo de caminata, habíamos recorrido inmensos pasillos, preciosos paisajes, recovecos abandonados y jardines de ensueño. Las dos primeras horas nos sirvieron de huída, hasta que paramos para comer. A partir de ese momento, decidimos separarnos y buscarnos a nosotros mismos. Mientras observaba a mis compañeras alejarse, descubrí que no iba a estar sola, muchos de nosotros nos encontrábamos en la misma situación y no debía obsesionarme con la idea de la desorientación; en ese momento, mi única preocupación se volvió a no ser atrapada por ningún brujo.

El monte y la lluvia tranquilizadora envolvían mis pensamientos. Las golondrinas cantaban en los desgastados tejados del pueblo y revoloteaban al son de mis pasos. Me acerqué  a un pequeño banco situado al lado del imponente castillo, donde me encontré con otra compañera fugitiva. Nos sentamos a charlar de nuestros encuentros con brujos, cuando de repente se acercó un grupo de pañuelos negros. Ante la duda de ser o no nuestras respectivas perseguidoras, nos dispusimos a correr hacia la zona posterior del castillo. A la voz que gritaba mi nombre, escapé lo más rápido que pude junto a mi compañera diciéndole “¡no mires atrás!”.

Llegamos a una verde colina desde la que se podía ver el pueblo entero, donde hicimos fotos y vídeos esperando a la retirada de las brujas. Un poco más tarde, decidimos rodear el castillo, cuando de repente nos topamos con el grupo “de negro”, con la mala suerte de que una de ellas era mi bruja, que había tenido la misma idea de tomar ese camino al ver que no dábamos media vuelta y me encontró.

Todo esto para sentir nuestro papel representado de una persona buena o una persona mala, de los pensamientos positivos y negativos, de las virtudes y defectos de cada uno. Este acontecimiento me hizo recordar que el miedo también nos mueve, que no hay Blancanieves sin bruja, al mismo tiempo que no hay bruja sin Blancanieves.

Sin duda, una experiencia difícil de olvidar.

Publicado por Virginia García Coretti


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