Mirada Atemporal

¿Qué escondes?

He de confesar que me cuesta mucho abrirme a las personas que no conozco lo suficiente, pero creo que es algo normal. Sólo aquellas que me hagan sentir como en casa saben acerca de mi verdadero yo, y en cierta manera estoy orgullosa de ello. Porque quién no se ha pensado dos veces lo que está a punto de decir por miedo a lo desconocido, por no saber cómo pueden usar esas palabras contra ti, por miedo a perder. Y yo no he sido menos, todos hemos pasado por malas experiencias con otras personas, y aun sabiendo que no estábamos preparados para afrontarlo insistíamos en seguirles el juego. El daño que se genera nos obliga a crear poco a poco una coraza a nuestro alrededor que nos aísla del mundo exterior y que al final será impenetrable y muy difícil de derribar. Pues bien, aunque todos tenemos esta coraza, más gruesa o más fina, conseguiremos deshacernos de ella. 

La clase consistía en llevar un disfraz encima, algo que nos hiciera sentirnos bien, que quisiéramos ser por una vez, que nos molestase o nos aliviase, que nos recordara lo que somos… para salir al frente y dejarse ver. No es tarea fácil, al principio a todo el mundo le costó subir y meterse en la piel del disfraz,  pero pasadas las horas llegamos a tal punto en que algunas personas no podían siquiera articular palabra del dolor que guardaban en su interior. Unos perdieron a sus familiares, y vestidos de ellos salieron con honor y pena en sus ojos, otros sacaron de lo más profundo de su corazón aquello que les hubiese gustado ser pero que la sociedad se lo ha impedido y les ha transformado en alguien totalmente opuesto. No faltaron abrazos cariñosos para todos los que lloraron delante de la clase. Conseguimos quitamos las máscaras y nos liberamos de las corazas que nos apresaban.

Mi disfraz consistía en un ángel, alma o ser luminoso. El día pasado en que estuvimos haciendo nuestros atrapa-miedos y volví a casa para enseñárselo con ilusión a mis padres, ya tenía en mente la idea de ir vestida de esa manera en la próxima clase. Pero para mi sorpresa, mientras hablábamos de mi miedo, me recordaron en casa que ese día fue el aniversario de la muerte de mi abuelo. No necesitaba oír más, había sido una pequeña señal para recordarme que sigue ahí apoyándonos y que el miedo que yo sentía de perder a mis seres queridos tiene una respuesta. Con una lágrima en mi mejilla comprendí que no hay por qué asustarse de lo que piensen los demás, aquella clase nos iba a servir para aprender de nosotros y seguir adelante. Rompamos nuestros muros levantados por el tiempo, porque es aquí donde empieza a aflorar nuestra verdadera esencia como seres humanos.

Publicado por Virginia García Coretti

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